Sunday, September 10, 2006

La maldición del radicalismo

El 23 de enero último pasado, se cumplieron 17 años del fallido asalto izquierdista contra el regimiento militar de La Tablada. Se trató de un singular episodio de las postrimerías del siglo XX argentino. Ya no se trataba de militares golpistas alzados contra un gobierno constitucional. Desde el infructuoso ataque guerrillero de diciembre de 1975 contra el regimiento militar Domingo Viejobueno, en Monte Chingolo, ningún grupo civil había atacado un establecimiento castrense administrado por un gobierno constitucional.
El episodio de La Tablada obligó al presidente Raúl Alfonsín a solicitar el concurso del ejército regular. Los uniformados habían obligado al dirigente radical a limitar las acciones legales contra los responsables de las atroces violaciones contra los derechos humanos perpetradas por la dictadura de 1976-1983 y a promulgar las leyes de Punto Final y Obediencia Debida. A los alzamientos riquistas de la Semana Santa de 1987 y de Monte Caseros (enero de 1988), había seguido el frustrado alzamiento seineldinista de Villa Martelli (diciembre de 1988). A fines del siglo XX argentino, esas reiteradas situaciones no podían sino colmar la paciencia de un pueblo periódicamente sometido a intervenciones cívico-militares non sancta. Mi abuelo paterno (fallecido en septiembre de 2003) había presenciado el primer golpe militar del siglo XX argentino a la tierna edad de 12 años. En el verano de 1989, su nieto, quien suscribe, frisaba sus 19 abriles y, por ende, la vida adulta. Casi sesenta años después del derrocamiento de Yrigoyen, seguían suscitándose pronunciamientos cívico-militares contra autoridades legítimamente constituidas.
Su posición conciliadora y negociadora había permitido a Alfonsín superar incruentamente la crisis militar de la Semana Santa de 1987, pero el primer presidente constitucional post-Proceso debió apelar a los militares para detener a los uniformados amotinados en Monte Caseros y Villa Martelli. Las "leyes del perdón" habían asegurado a Alfonsín la protección castrense necesaria ante los alzamientos golpistas de 1988. Con más razón debían asegurársela contra los sediciosos civiles de La Tablada.
Ese condicionado apoyo castrense no resguardó a la administración alfonsinista de los duros golpes de gracia propinados por las crisis militares de 1987-1988 y la contundente derrota radical en los comicios provinciales y nacionales de septiembre de 1987. A principios de 1988, los peronistas controlaban el Congreso Nacional y dieciséis de las veintitrés gobernaciones provinciales.
La crisis de La Tablada preanunció el abrupto final de la presidencia de Alfonsín, cuya retórica "democrática" no constituía per se un programa de gobierno. A la crisis político-militar de 1987-1989, pronto seguiría una crisis socioeconómica signada por un cuadro hiperinflacionario y sendos estallidos sociales. La crisis política del gobierno radical se vio acelerada por la previsible derrota de Eduardo Angeloz en las elecciones presidenciales del 14 de mayo de 1989. El 8 de julio del mismo año concluía la última presidencia radical prolongada del siglo XX argentino.
Desde la finalización de la presidencia de Alvear, en octubre de 1928, ningún presidente radical ha concluido su mandato. En septiembre de 1930, Hipólito Yrigoyen fue depuesto por el primer golpe militar del siglo XX argentino, tras los veintitrés meses de duración de su segunda presidencia. En 1940, el presidente radical antipersonalista Roberto Ortiz (elegido en 1937, en coalición con el conservadurismo, y asumido en febrero de 1938) debió delegar la primera magistratura en el vicepresidente conservador Ramón Castillo, por cuestiones de salud, dimitiendo y falleciendo en 1942. Arturo Frondizi fue derrocado por un golpe cívico-militar en 1962, habiendo cumplido sólo cuatro de los seis años de mandato presidencial prescritos por la Constitución argentina hasta la reforma constitucional de 1994. Cuatro años después, Arturo Illia también era destituido por un golpe militar, tras 32 meses de mandato. Ricardo Balbín nunca alcanzó la primera magistratura argentina, pese a sus apreciables cosechas electorales de 1951, 1958 y 1973. En 1989, Alfonsín, acosado por el desprestigio de su gobierno, debió delegar el mando en el peronista Carlos Menem cinco meses antes de lo previsto.
Entre 1983 y 1995, disminuyó progresivamente el porcentaje de votos radicales en comicios presidenciales. En 1983, Alfonsín ganó la presidencia con el 53% de los sufragios. En 1989, Angeloz quedó posicionado en segundo lugar, con un 37% de votos. En 1995, Horacio Massacessi debió resignarse a un módico tercer lugar y a un humilde 15% de votos.
En las elecciones legislativas de 1997 y presidenciales de 1999, su alianza con el frepasismo permitió al radicalismo vivir una nueva época dorada. Empero, Fernando De la Rúa asumió la presidencia con quince gobernaciones provinciales controladas por el peronismo. En octubre de 2001, el peronismo privó al tambaleante "aliancismo" de su mayoría parlamentaria. Dos meses después, De la Rúa debió abandonar bochornosamente la Casa Rosada, tras sólo dos años de mandato. En las elecciones presidenciales de 2003, Leopoldo Moreau obtuvo apenas el 2% de los votos.
En 1995, Angeloz cayó en desgracia y debió delegar la primera magistratura cordobesa en el vicegobernador Ramón Mestre, tras doce años de permanencia ininterrumpida en la gobernación mediterránea, tradicional baluarte radical recaído en 1998 en el peronista José Manuel De la Sota, reelegido por abrumadora mayoría en 2003. Pese a sus ocho años de permanencia ininterrumpida en la gobernación chaqueña, Ángel Rozas nunca ha obtenido la candidatura presidencial de su partido. Rozas es una víctima emblemática del recalcitrante caudillismo vitalicio del radicalismo, que obligó a Hipólito Yrigoyen, Marcelo T.de Alvear, Ricardo Balbín y Raúl Alfonsín a aguardar las muertes de Leandro N.Alem, Yrigoyen, Alvear, Honorio Pueyrredón y Balbín para convertirse en la figura por excelencia de su partido. Tras el fallecimiento de Alfonsín, actual caudillo vitalicio del radicalismo, la UCR bien puede haber desaparecido o devenido en un partido de irrisoria relevancia. Para las elecciones legislativas de 2005, el radicalismo bonaerense cometió el grueso error de privar a la promisoria Margarita Stolbizer de su candidatura a senadora nacional. Su reemplazo por Luis Brandoni resultó un fiasco gigantesco para el radicalismo bonaerense, cuyo candidato senatorial no obtuvo su banca en la Cámara Alta federal.
¿Existe una "maldición del radicalismo"? Quizá al radicalismo pueda reprochársele no tener un discurso ganador. Durante sus dos primeras décadas de trayectoria, el radicalismo se resistió obstinadamente a competir por cargos ejecutivos o celebrar acuerdos electorales interpartidarios, adoptando frecuentemente una postura abstencionista. El fraude electoral promovido por la dirigencia conservadora de la Década Infame y el estilo autoritario del primer peronismo limitaron los éxitos electorales radicales. La proscripción del peronismo (decretada por la Revolución Libertadora) y la división del radicalismo (consumada en 1957) no redundaron en beneficios duraderos para el partido de Yrigoyen. El presidente Frondizi pronto perdió el apoyo peronista, que le permitiera llegar a la Casa Rosada en 1958. Illia accedió al Sillón de Rivadavia con el peronismo proscrito, un magro caudal electoral y abundantes votos en blanco emitidos por el electorado peronista. Al ser depuesto, Frondizi, apartado del radicalismo, creó su propio partido, el Movimiento de Integración y Desarrollo (MID), cuyo binomio Frigerio-Salonia obtuvo una magra cosecha de votos en los comicios presidenciales de 1983. Los intentos de Alfonsín de rehabilitar políticamente a Frondizi e Illia tuvieron un valor más simbólico que real. En plena guerra de Malvinas, Alfonsín sugirió (quizá insinceramente) reemplazar a la desprestigiada dictadura de turno por un gobierno civil interino presidido por un Illia ya octogenario, para luego elegir constitucionalmente un gobierno duradero. Tras la caída de Galtieri, la candidatura de Illia fue promovida por ciertos elementos de la Juventud Radical, pero el ex presidente falleció a principios de 1983. Al asumir la presidencia, Alfonsín obtuvo un sitial de honor (en el recinto de la Cámara Baja federal) para Frondizi y la viuda de Perón, los dos únicos ex presidentes constitucionales derrocados aún vivientes. Frondizi y nuestra única ex presidente mujer tuvieron luego el honor de izar a cuatro manos la enseña patria en un mástil del Congreso. Pero Frondizi ya era viejo y y la viuda de Perón declinó el alto cargo intrapartidario ofrecido por la dirigencia peronista a la ex mandataria.
¿Por qué no logra el radicalismo actual generar un discurso ganador y recuperar espacios? ¿Por qué no pudo evitar su fragmentación post-Alianza? ¿Por qué se empecinan Elisa Carrió y Ricardo López Murphy en impulsar extraños partidos propios, en vez de asumirse como los radicales avant la lettre que en el fondo son? El peronismo, por su parte, ha generado una rica nomenclatura, reveladora de una alarmante fragmentación: menemismo, duhaldismo, delasotismo, felipismo, cristinismo, chichismo, kirchnerismo.
¿Alguna vez volverá la Argentina a tener un radicalismo y un peronismo, como los que concentraron ejemplarmente entre el 65 y el 90% de los sufragios emitidos en comicios presidenciales de 1983, 1989, 1995 y 1999? En la Latinoamérica de esta última década, la crisis de los partidos tradicionales ha suscitado fenómenos inquietantes, como el chavismo venezolano, el "fenómeno Lula" en Brasil, el frenteaplismo uruguayo de Tabaré Vázquez, el indigenismo boliviano de Evo Morales. Tras la prolongada semidictadura fujimorista y el fiasco de Toledo, se perfila una izquierda peruana inquietante, de raíz golpista. Sólo Chile y México se perfilan actualmente como modelos de estabilidad político-institucional en América Latina, cuya crónica fragilidad en dicho terreno la Argentina ha alimentado mediante la progresiva atomización de sus dos grandes partidos tradicionales. La "maldición del radicalismo", alarmantemente agravada en el último decenio, no es ajena a dicha tendencia, aparentemente irreversible.
Hoy, 4 de febrero de 2006, se cumplen 101 años del estallido de la revolución radical de 1905, que precipitó la débâcle del roquismo, árbitro indiscutido de la política argentina desde 1880. Esa efemérides debería servir al alicaído radicalismo de hoy para empezar a pergeñar una estrategia capaz de reflotar al centenario partido de Alem.
Hasta siempre.

Ernesto

1 Comments:

Blogger Osvaldo said...

Me pareció muy buena esta restropectiva de la historia del radicalismo. Lo peor que le pasó a Nino Manfredi fue que apareciera Marcelo Mastroiani. Lo peor que le pasó al radicalismo fue que apareciera el peronismo. Pero en este caso no lo supo prever. Saludos
Osvaldo

5:21 PM  

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